lunes, 4 de enero de 2010

Corre, Rocker. (18)

Si presenciamos un crimen y luego decimos que ayer alguien mató a alguien en un descampado, decimos la verdad, pero también mentimos implícitamente. Porque ayer, en aquel mismo campo, donde alguien disparaba contra otro, florecía la primavera y ciento ochenta y tres centímetros más abajo una rata de campo se comía una bonita larva joven. Y eso no es todo. Una vieja artemisa que ya había cumplido su ciclo quebraba su último tallo definitivamente, y sobre ella se abría el epitelio de una flor de otra especie, mientras el viento agitaba a ambas con fuerza. A la vez, a tres, veinte, doscientos mil kilómteros en círculo y en todas direcciones se desarrollan procesos, acciones, se dan casualidades, se hacen gestos y suceden accidentes. Aquí, un poco más allá y en el otro extremo del mundo.
Para intentar archivar ordenadamente dentro de nuestro pequeño y estúpido cerebro esa idea ciclópea y formidable, para no sucumbir al miedo de nuestra propia gratuidad frente a la exuberancia, nos vemos obligados a hacer ciertas selecciones y coger los hechos de uno en uno, por más que eso resulte engañoso. De ese espejismo extraemos ciertas ciencias y con ese equipaje nos lanzamos por la vida. Y, sin embargo, al final, el hecho más importante en nuestra escala de valores es que ayer sucedió un crimen. Eso debería decir algo en favor del ser humano.

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