lunes, 25 de marzo de 2013

Nada por la patria. (11)


Uno ha advertido que no se remontará, por lo menos no de modo sitemático, a la prehistoria tardofranquista para rastrear los origenes de la autoinmolación de la izquierda española en beneficio de los nacionalismos periféricos, conservadores o violentos -ambas características no solo no se excluyen una a otra sino que se necesitan- aunque eso sí siempre de derechas como todo nacionalismo. Bastará cerrar de momento la cuestión trayendo hasta aquí una sintesis bastante lúcida de César Alonso de los Ríos, comunista en su día y redactor-jefe en el cuando entonces de Triunfo, el semanario emblemático de la progresía: "En Cataluña la afirmación nacionalista iba a vaciar al Partido Comunsita. Así que lo que se sacó de exaltar a los movimientos nacionalistas -pacíficos y violentos- fue más la disolución de la idea nacional española que la desaparición de Franco."
Si uno lo ha entendido bien -aun preguntándose por qué César Alonso no lo expresó con mayor claridad-, la desaparición del franquismo resultaba subsisdiaria en el oasis catalán, pues lo sustancial era la difuminación de España y el nacimiento de una nación: Cataluña. Este ha sido desde el protofascista Prat de la Riba, desde el obispo integrista Torras i Bages, el propósito del catalanismo, cuyos servicios de propaganda atravesaron la dictadura y la santa transición intentando convencer al personal de que la guerra civil no fue una guerra de fascistas (nacionales) contra republicanos (rojos) sino de España contra Cataluña. Lo cual es manifiestamente falso, y por ello resulta increíble que la izquierda se metiera hasta el cuello, como un pobre conejo tonto, en una trampa tan burda.
¿Increíble? si se descarta la hipótesis de que la izquierda en bloque fuese subnormal e incurriese en complicidad involuntaria, solo queda otra, que ya se apuntó, pero Stanislawski advertía que nunca se repite bastante la idea núcleo de una obra: la presunta izquierda no era tal, puesto que no es ya que aceptase, sino que reivindicaba el nacionalismo. Catalán, eso sí. La posible tercera hipótesis -que la izquierda sirviera al nacionalismo para obtener prebendas en lo que Josep Tarradellas definió como dictadura blanca pujolista- es, en la mayoría de los casos, o así lo cree al menos este periodista, un apéndice orgánico indisociable de la segunda. Joindre l´utile à l´agréable diría uno en francés. "Las conviciones nobles suelen coincidir con los nobles intereses" sería una manera de expresarlo más propia del catalanismo cebolludo de siempre, siempre tan melifluo y jesuítico como ciertos personajes de Jacinto Benavente, premio Nobel aunque español.

Nada por la patria. (10)


Ese clima, exactamente ese, era el que impregnaba la Barcelona de 1992 no mucho después de las Olimpiadas donde un hijo de Jordi Pujol había hecho una carrerilla pública portando un "Freedom for Catalonia" -en inglés, of course: todos los mensajes que aspiran a salir por las pantallas del mundo deben redactarse en inglés-; las Olimpiadas internacionalísimas repletas de músculo farmaceútico donde los independentistas queriendo boicotear a los reyes habían logrado que el público del estadi se lanzara a vitorear a España y a sufrir por ella como hacía tiempo que no se veía en Cataluña. El público, sí, municipal y espeso, en el anonimato multitudinario y amniótico del Estadi. Pero después, uno a uno, por la calle, en el trabajo, todos esos individuos que juntos y revueltos conformaban la multitud española volvían a estar asustados, todos aceptaban la hegemonía nacionalpujolista que habían ido construyendo políticos y periodistas, suqueros y escoltes, nadie de aquella furia española que rugió poderosa en Montjuïc.

jueves, 21 de marzo de 2013

Contra las patrias (15)


A partir del siglo XVIII, ningún movimiento importante en lo político, lo religioso, o lo cultural ha dejado de estar vinculado de un modo u otro al nacionalismo. Cualquier idea o propuesta colectiva, para alcanzar verdadero arraigo popular, parece necesitar el apoyo de las andaderas nacionalistas. Ha habido nacionalismos integristas y revolucionarios, emancipatorios y colonialistas, religiosos y profanos (aunque, en cierto sentido, importante, todo nacionalismo es religioso), refinados y simplistas, vanguardistas y ultratradicionales, racistas y antirracistas... En ocasiones, el nacionalismo ha despertado lo peor del Estado, y en otros momentos ha rescatado lo mejor. Pero de uno u otro modo, el patriotismo ha seguido acumulando víctimas.

Contra las patrias (14)


En sus "Acotaciones" observa Benavente: "Todas las madres y todas las patrias nos quieren pequeños para que seamos más suyos. La diferencia es que la madre llora ya acaricia; la patria detiene y castiga". Virgen inmaculada y expuesta en la picota al asalto de los lujuriosos dragones enemigos, la patria es también madrastra represora. En cualquier caso en su regazo hemos de hacernos pequeños y balbucientes, acríticos, incapaces de distanciamiento o réplica. Un político español del siglo pasado ya dejó dicho que la patria, como la madre, no es buena ni mala, sino nuestra. No hay mejor modo de condensar en pocas palabras la obcecación de un mito y aprovechar el naturalismo de un instinto para fundar el apego a una institución histórica, es decir, convencional. "La patria hay que sentirla", "quien la discute no es un bien nacido", "su unidad es sagrada", etcétera, declaraciones rotundas destinadas a cerrar el paso a cualquier reflexión sobre una realidad cuya fuerza aunadora consiste en no soportarlas, en rechazarlas de antemano todas. Y es que la razón es disolvente, particularizadora, individualizadora; es un instrumento que cualquiera puede utilizar sin esperar el permiso de la autoridad competente ni someterse al último grito unánime de la multitud aborregada; y es también una instancia difícil de sobornar, que reclama pruebas y confirmación empírica, o al menos verosimilitud lógica, a los grandes lemas que se vociferan ante ella. En una palabra, la razón es la tarea del adulto y conviene mal al patriota, cuya condición -por muy feroz que sea al exteriorizarse- exige aniñamiento y puerilidad. Hijo, me matas a disgustos, que díscolo eres: toma ejemplo de tu hermanito, que es tan bien mandado y tan formal...

Contra las patrias. (13)

Esta necesidad de oposición y hostilidad nos lleva al corazón mismo de la idea nacional, que es el enfrentamiento. Puede haber nacionalismos conciliadores y nacionalistas sinceramente solidarios con los problemas de otros pueblos, pero el mito de la Nación es agresivo en su esencia misma y no tiene otro sentido verdadero que la moovilización bélica. Si no hubiera enemigos, no habría patrias, queda por ver si habría enemigos en el caso de no haber patrias... la nación se afirma y se instituye frente a las otars: su identidad propia brota de la rebelión contra o de la conquista del vecino. Buena prueba de ellos es el mecanismo paranoico de autoafirmación patriótica, que lleva a inventar una Antipatria como límite y definición de cada patria. La primera y fundamental anti-patria es el extranjero, el bárbaro hostil; por extensión, cualquiera que en el interior de la comunidad disiente de la identidad establecida y objeta con su conducta o sus ideas contra el retrato-robot del perfecto individuo nacional. Sin antipatria no hay tampoco patria imaginable ni cada particular podría hacer por la suya esos "sacrificios" que según María Moliner le certifican como patriota. Por ello el auténtico nacionalista y el auténtico patriota, en cuanto que vivan para su sentimiento de identidad grupal, nunca se avendrán a reconocer que no están cercados o amenazados, nunca renunciarán a la sombra del imperio que quiere colonizarles, o del separatismo que amenaza disgregarles o del bárbaro que puede arrasar su cultura. Sin esos fantasmas familiares, perderían la certeza de saberse "nosotros"...

miércoles, 20 de marzo de 2013

Contra las patrias (12)


A fin de cuentas, todo su ser consiste en su deber llegar a ser... Dos anécdotas bufas, pero rigurosamente ciertas, confirman esta perspectiva. Por un lado, la del joven vasco, estrictamente castellanohablante por linea familiar, quien, mientras se esforzaba por aprender esukera, se me quejaba diciendo: Claro, tú nunca podrás saber lo que es haberse visto privado de la lengua materna desde antes de nacer...". Y también aquel nacionalista andaluz que, en un simposio sobre la identidad nacional de España, tras disparatar un rato sobre Al-ándalus Norte y Al-ándalus Sur, pretendió convencer a los oyentes de que la situación de Andalucía era más grave que la de Euskadi o Catalunya, pues "los vascos tienen el euskera, los catalanes tienen el catalán, pero los andaluces no tenemos lengua". El pobre hombre no quería decir que les hubiese comido la lengua el gato, sino que no tenían una lengua prohibida, una lengua desde la que oponerse y a partir de cuya persecución fraguarse su identidad.

jueves, 14 de marzo de 2013

Dedicado a los alcaldes y alcaldesas que no merecen serlo

No necesito sexo

¿Es posible la regeneración democrática?

Contra las patrias. (11)


La Nación no es una esencia platonizante ni una realidad histórica preexistente a la voluntad política de quienes la inventan,la organizan y, en muchas ocasiones, la imponen por la fuerza a los remisos. De aquí la frecuencia con que los mayores nacionalistas, los líderes teóricos o políticos de los movimientos de afirmación nacional, provienen de las zonas límítrifes del país en cuestión, de sus márgenes, incluso abiertamente de fuera de él. Es en los litigios fronterizos, allá donde nada está demasiado claro y se reivindican derechos contrapuestos, cuando la nación se autoinstituye con la fuerza de lo arbitrario, de lo que debe quedar definitivamente zanjado. Isaiah Berlin dedica una brillante página a este aspecto de la cuestión: "La visión que Napoleón tenía de Francia no era la de un francés; Gambetta llega de las fronteras del sur, Stalin fue georgiano, Hitler, austriaco, Kipling llegó de la India. De Valera era sólo medio irlandés, Rosemberg llegó de Estonia, Theodor Herlz y Jabotinsky, al igual que Trotsky, de los márgenes asimilados del mundo judío -todos ellos eran hombres de visión ardiente, ya fuera noble o degradada, idealista o pervertida, que había tenido su origen en heridas inflingidas a su "amour propre" y a su ofendida conciencia nacional, porque vivían cerca de las fronteras de la nación, donde la presión de otras sociedades, de civilizaciones extranjeras, era más fuerte-. Hugh Trevor-Roper precisamente ha advertido que los nacionalismos más fanáticos aparecen en centros donde las nacionalidades y culturas se mezclan, donde la fricción es más fuerte: por ejemplo, Viena, a la cual podrían añadirse las provincias bálticas que formaron a Herder, el independiente ducado de Saboya en que De Maitre, el padre del chovinismo francés, nació y creció, o Lorena, en el caso de Barrès o De Gaulle. Es en esas provincias remotas donde la visión ideal del pueblo o nación como debiera ser, como uno la ve con los ojos de la fe, cualesquiera que sean los hechos reales, se genera y crece fervientemente". ¿Habrá que añadir a esta contundente enumeración el nombre de nuestro arriscado teniente coronel Tejero, nacido en una de las provincias africanas españolas, o recordar que el nacionalismo vasco contemporáneo surge cuando la industrialización de Vizcaya atrae a trabajadores inmigrantes que rompen la homogeneidad cultural de la zona? La nación es el revistimiento mitológico de una ficción administrativa y se asienta precisamente en el desafío de dar por naturalmente fundada su convencional arbitrariedad.

Contra las patrias. (10)


Dos dogmas míticos subyacen a todo nacionalismo: primero que tal cosa como la "realidad nacional" existe antes de la voluntad de descubrirla y potenciarla; segundo que el derecho de autodeterminación política equivale en la práctica -y así de hecho se agota- a la posibilidad de fundar un Estado nacional independiente. Ninguna de estas dos estampas para sugestionables merece demasiado acatamiento. Es el nacionalismo el que inventa la nación, no la preexistencia de ésta la que origina aquel.

Contra las patrias. (9)


Con razón denominaba Rabindranath Tagore a la nación "un sistema de egoísmo organizado" y añadía: "La idea de nación es uno de los medios soporíferos más eficaces que ha inventado el hombre. Bajo la influencia de sus efluvios, puede un pueblo ejecutar un programa sistemático del egoísmo más craso, sin percatarse en lo más mínimo de su depravación moral; aún peor, se irrita peligrosamente cuando se le llama la atención sobre ello". El fastidioso y hueco "nosotros" del nacionalista es pura y simplemente una hinchazón retórica del más intransigente, rapaz e inhumano (aunque -ay- demasiado humano) "yo".