Lo importante es, sencillamente, subrayar que, en sí mismo, el nacionalismo no tiene ninguna especial virtud redentora, ni tampoco es en toda ocasión signo de una lacra irracional entre las diversas opciones políticas. Y también es preciso aclarar que de ninguna manera hace falta compartir la vocación política nacionalista para reconocer el derecho de existencia y libre de expresión a ésta, lo mismo que no hace falta ser uno mismo religioso para tenerse por firme partidario de la logia, en cambio, el nacionalismo es ya mucho más discutible. En fecto, no se trata simplemente de creer en el derecho de cada "nación" a su autogobierno, pues el carácter mismo de nación o sus límites o lo que se entienda por autogobierno son conceptos que no pueden ser sin más establecidos sin una serie de presuposiciones que terminan por abarcar toda una concepción política explícita o implícita, toda una doctrina acerca de lo primordial en la vida y orden de la comunidad. Diríase que, en su fórmula más templada, el nacionalismo es algo así como un discreto conservadurismo que dice "a mí que me dejen con mi vida, con mi lengua, con mis costumbres y con mis propios errores o aciertos", es decir, no pasa de ser un rechazo de las injerencias foráneas; pero, en su expresión más extrema, el nacionalismo puede ser una ideología imperialista, racista y la mejor coartada para empresas bélicas criminales.
jueves, 14 de marzo de 2013
Contra las patrias. (8)
Os invito a leer un trocito del libro que publicó Fernando Savater en 1984.

Lo importante es, sencillamente, subrayar que, en sí mismo, el nacionalismo no tiene ninguna especial virtud redentora, ni tampoco es en toda ocasión signo de una lacra irracional entre las diversas opciones políticas. Y también es preciso aclarar que de ninguna manera hace falta compartir la vocación política nacionalista para reconocer el derecho de existencia y libre de expresión a ésta, lo mismo que no hace falta ser uno mismo religioso para tenerse por firme partidario de la logia, en cambio, el nacionalismo es ya mucho más discutible. En fecto, no se trata simplemente de creer en el derecho de cada "nación" a su autogobierno, pues el carácter mismo de nación o sus límites o lo que se entienda por autogobierno son conceptos que no pueden ser sin más establecidos sin una serie de presuposiciones que terminan por abarcar toda una concepción política explícita o implícita, toda una doctrina acerca de lo primordial en la vida y orden de la comunidad. Diríase que, en su fórmula más templada, el nacionalismo es algo así como un discreto conservadurismo que dice "a mí que me dejen con mi vida, con mi lengua, con mis costumbres y con mis propios errores o aciertos", es decir, no pasa de ser un rechazo de las injerencias foráneas; pero, en su expresión más extrema, el nacionalismo puede ser una ideología imperialista, racista y la mejor coartada para empresas bélicas criminales.
Lo importante es, sencillamente, subrayar que, en sí mismo, el nacionalismo no tiene ninguna especial virtud redentora, ni tampoco es en toda ocasión signo de una lacra irracional entre las diversas opciones políticas. Y también es preciso aclarar que de ninguna manera hace falta compartir la vocación política nacionalista para reconocer el derecho de existencia y libre de expresión a ésta, lo mismo que no hace falta ser uno mismo religioso para tenerse por firme partidario de la logia, en cambio, el nacionalismo es ya mucho más discutible. En fecto, no se trata simplemente de creer en el derecho de cada "nación" a su autogobierno, pues el carácter mismo de nación o sus límites o lo que se entienda por autogobierno son conceptos que no pueden ser sin más establecidos sin una serie de presuposiciones que terminan por abarcar toda una concepción política explícita o implícita, toda una doctrina acerca de lo primordial en la vida y orden de la comunidad. Diríase que, en su fórmula más templada, el nacionalismo es algo así como un discreto conservadurismo que dice "a mí que me dejen con mi vida, con mi lengua, con mis costumbres y con mis propios errores o aciertos", es decir, no pasa de ser un rechazo de las injerencias foráneas; pero, en su expresión más extrema, el nacionalismo puede ser una ideología imperialista, racista y la mejor coartada para empresas bélicas criminales.
Contra las patrias. (7)
El término "nacionalismo" es mucho más reciente, y su origen no deja de encerrar también una notable paradoja. En efecto, si hemos de creer a Charles schmidt (citado por Bertrand de Jouvenel, vid. bibliografía), el término fue acuñado por el peridodista y librero Rodolfo Zacarías Becker, detenido en 1812 por Napoleón por actividades "pro-germánicas". Becker se defendió diciendo que la nación germánica no se componía de un Estado único, como la francesa o la española, sino que estaba repartida entre varios: imperio francés, Rusia, Suecia, Dinamarca, Hungría y hasta Estados Unidos de Ameérica. La lealtad a cada uno de estos Estados, que enlaza tradicionalmente con la "fides" germánica, es compatible con la preservación del amor a la propia nación alemana. Por decirlo con las propias palabras de Becker: "Este apego a la nación, que podría llamarse nacionalismo, se concilia perfectamente con el patriotismo debido al Estado del que se es ciudadano". Aquí puede verse que, contra lo que algunos quieren suponer, el término "nacionalismo" se inventa para designar un sentimiento de pertenencia étnica o cultural netamente deslindado de la adscripción estatal, hasta tal punto que uno puede ser -según Becker- nacionalista germánico y buen patriota francés o sueco. Evidentemente, el enraizamiento de la palabra en el lenguaje político moderno no ha conservado esta paradójica característica (quizá pergeñada a toda prisa por el pobre Becker para librarse de la severidad de su imperial carcelero). Hoy, ser nacionalista es tener vocación de fundar un Estado nacional: hasta tal punto que puede decirse que es el nacionalismo como proyecto y empeño quien causa la nación y no a la inversa. Por aportar una definición suficiente y contemporánea, citaré la de José Ramón Recalde en su impresindible libro "La construcción de las naciones": "El nacionalismo es una práctica de objetivos políticos y de contenido ideológico, que pretende establecer formas de autonomía para los miembros de una colectividad que titula nación". Puede complementarse con esta otra, maliciosa, de Arnold S. Toynbee, que indignaba a Ortega: "El espíritu de la nacionalidad es la agria fermentación del vino de la Democracia en los viejos odres del Tribalismo".
miércoles, 6 de marzo de 2013
Nada por la patria (9)
El miedo. El temor razonable. La difamación velada. Las cosas que se saben pero no se dicen. Las que se dicen pero no se creen. Las que se aceptan porque la hegemonía rampante del nacionalismo no se discute. Las que alguna vez se confiesan en voz muy baja, en la alta madrugada de oscuras tabernas escocesas de San Gervasio, tras cuatro pintas de cerveza Guinness bien negra con un dedo de rubia espuma espesa, cuando uno sabe que a la luz del día siguiente negará haberlo dicho y el otro sabe que nunca confesará haberlo oído.
Nada por la patria (8)

En Barcelona, lejos ya Benasque y el amor, el periodista, que por entonces ejercía como crítico de libros en La Vanguardia, se dedicó infructuosamente a buscar "Extranjeros en su país" por las librerías. Ninguna lo tenía. En Abacus, cooperativa vinculada a la organización de enseñantes socionacionalista -neologismo obligado porque si no sería nacionalsocialista- Rosa Sensat, donde vendían los libros con descuento, un dependiente le dijo con gran firmeza al interfecto (que lo traduce del catalán):
-Aquí eso no lo tenemos, ni lo queremos tener.
-¿Por qué? -preguntó el periodista con la dosis precisa de ingenuidad ficticia que se requiere para extraer algo más que un pinzamiento de labios de los siempre desconfiados nacionalistas catalanes sensateros (que no sensatos).
-A nuestro público no le interesan ess cosas.
¿Cómo podía aquel dependiente saber qué cosa era un libro que no había visto jamás, del cual no se había publicado recensión ninguna, que nadie había comentado en público? Los misterios del nacionalismo son insondables, pero sus boicoteos eficacísimos. ¿Cómo podía no interesar al público de una cooperativa de educadores catalanes una obra cuyo tema eran los problemas de los educadores en Cataluña?
Nada por la patria (7)
Ser españolista y estar censado en Cataluña significa no ya ser un catalán indeseable, un mal catalán o un ciudadano de segunda clase; significa algo peor: significa ser un no catalán, un cuerpo extraño, un tumor o un virus con el que los catalanes de verdad se ven obligados a convivir muy a su pesar. Lo explicaban muy bien, ya en 1978, Imma Tubella y Eduard Vinyamata en su "Diccionari del nacionalisme" (La Magrana), cuya definición de la voz "espanyolista" comienza así: "Todo aquel que es favorable a la integridad territorial del Estado español y que, consiguientemente, es contrario a las reivindicaciones nacionales de las naciones administradas por dicho estado."
¿Por qué merecen ser llamadas españolistas esas gentes con las que el narrador va a dare de bruces dentro de un instante y de las cuales ahora ya sabe que en su mayoría son de izquierdas y tienen un más o menos activo pasado antifranquista? Pues merecen el insulto supremo porque habiendo nacido en Cataluña o fuera de ella tienen como lengua materna el español o castellano, al igual que la mitad por lo bajo de los ciudadanos de esta Comunidad Autónoma. Esa peculiaridad, en sí o por sí sola, no sería necesariamente mala, como no es malo el judío que actúa como buen patriota francés, ni es malo ser negro si se tiene el propósito sincero de volverse blanco aunque sea poco a poco. Lo malo empieza cuando se afirma "Black is beatiful", cuando se pretende mantener la lengua materna castellana (cooficial en el territorio junto con la catalana) en todos los usos, incluidos por tanto los formales y los escolares. ¿No les basta con los periódicos, las radios, las televisiones, los bares, las discotecas, las calles, el mismísimo campo del Barça, los patios de los colegios? ¿Quieren encima el aula y las circulares del Ayuntamiento y la Generalitat?
Contra las patrias (6)
La opinión que me parece más sensata sobre esta cuestión nacional-patriótica tiene su adecuada expresión en este párrafo de Santayana: "El país de un hombre, en el sentido moderno del vocablo, es algo que nació ayer, que modifica constantemente sus límites y sus ideales, es algo que no puede perdurar eternamente. Es el producto de accidentes geográficos e históricos. Las diversidades entre nuestras diferentes naciones son irracionales. Cada una de ellas tiene el mismo derecho -o necesita tener el mismo dercho- a sus peculiaridades. Un hombre que sea justo y razonable desde hoy en día, en la medida en que se lo permita su imaginación, participar del patriotismo de los rivales y enemigos de su país, un patriotismo tan inevitable y conmovedor como el suyo. Como la nacionalidad es un accidente irracional, lo mismo que el sexo o el carácter orgánico, la lealtad de un hombre hacia su país debe ser condicional, por lo menos si es un filócofo. Su patriotismo tiene que subordinarse a la lealtad racional, a cosas como la humanidad y la justicia".
Contra las patrias (5)
Todas las almas tienen uno o varios puntos ciegos, zonas de espítitu que no responden a los estímulos simbólicos habituales. El patriotismo es el más notable de los rincones refractarios de la mía. No quiere decir esto que sea insensible al espectáculo de la lealtad, las banderas o a la gloria de los imperios. Todo lo contrario: cualquier cosa que exalta y tonifica al hombre me parece inmediatamente conmovedora. Tengo fácil la cuerda de la simpatía colectiva, sobre todo cuando se reviste de suntuosidad heroica. Puedo derramar lágrimas oyendo una marcha de gaitas escocesas o la Marsellesa, viendo en una película entonar la Internacional o contemplando la derrota de Rommel en el desierto africano: en Venecia, me entusiasmo con los orgullosos triunfos del León de San Marcos y soy capaz de compartir lo mismo el arrebato por los rascacielos neoyorquinos que la admiración por el tesón de los guerrilleros centroamericanos. Por decirlo de una vez, tengo todos los patriotismos, pero no uno solo, no uno al que pueda llamar mío. Siento las peculiaridades de mi tierra, pero también amo con versátil ingenuidad las de cualquier otra. Y, desde luego, detesto a los patriotas de oficio y beneficio, a los maniáticos unilaterales, a los profesionales de la glorificación de "lo de casa", a los que se pavonean ostentando un vino del terruño o el nombre célebre de uno de sus conciudadanos como si se tratara de una medalla ganada por virtud propia. Sólo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en determinado lugar o bajo determinada bandera. Por otro lado, desde muy joven tuve a los nacionalismos por una grave desgracia colectiva, enemiga principal de la paz entre los países y de la emancipación de los individuos.
Contra las patrias (4)
Dijo Rainer Maria Rilke que "la única y auténtica patria del hombre es su infancia". Este libro va contra todas las patrias, pero permanece fiel a ésa que nos reveló el poeta. Y mi infancia es San Sebastián, Fuenterrabía, Pasajes, Lezo, la Guipúzcoa preciosa y oprimida por el franquismo de los años cincuenta. No tengo sangre vasca, salvo lo que pueda venirme por transfusión de un apellido Ecenarro más bien remoto. Mi madre es madrielña, y mi padre, granadino, fue notario de San Sebastián durante casi treinta años: ambos se consideraron incesante y jubilosamente donostiarras. Desde pequeño tuve ocasión de experimentar las paradojas persecutorias de la diferencia: en el colegio de San Sebastián solía ser objeto de benévolas burlas por mi dicción demasiado castellana (defecto agravado por mi pedante afición de lector procaz a las palabras rebuscadas), mientras que, cuando a los trece años me trasladé a Madrid, sufrí entre mis compañeros auténtica marginación y veniales linchamientos por mi acento demasiado vasco. Nada educa tanto como la frontera y el exilio... aunque se padezcan a la más modesta escala.
domingo, 30 de diciembre de 2012
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Contra las patrias (3)
En cuanto adopto con cierta determinación un punto de vista, comienza a tentarme con fuerza la opción opuesta y soy más sensible que nunca a sus encantos persuasivos. Esta propensión a encarnar la quinta columna de mí mismo no me evita los furores de la toma de partido, pero, en cambio, me priva del dócil nirvana de la afiliación...
Contra las patrias (2)
Tras mi experiencia como profesor en el País Vasco, he quedado convencido de que nuestros males presentes -por no hablar de los futuros- provienen de la educación perversa que a tantos y tantos futuros ciudadanos vascos se les ha dado desde la primera enseñanza hasta el final de los estudios universitarios. La saña de los jóvenes vándalos urbanos que hoy apalean a viandantes desafectos, queman autobuses y destrozan cabinas telefónicas en el País vasco no es genética, ni fruto de la opresión que ven a su alrededor (han nacido y crecido en la autonomía más libre de Europa) ni consecuencia del paro, la marginación o la droga sino estrictamente ideológica: les ha sido inculacda por las personas que debieron educarles, muchas de las cuales ahora se escandalizan de sus desmanes.
Contra las patrias
A partir de hoy iré seleccionando y colgando trozos de "Contra las patrias", el libro que escribió Fernando Savater en 1984 y que fue reeditado en 1996.
Desde hace mucho estoy convencido de que el Estado democrático moderno no tiene como misión fabricar homogeneidad social a costa de las diferencias nacionales de los grupos que en él conviven sino defender el marco común de los derechos individuales en que éstas deben y pueden convivir, lo cual produce la verdadera homogeneidad social deseable. Por tanto, cuando ahora se habla de aceptar la plurinacionalidad constitutiva -no sé si también constitucional, ni me importa demasiado- del Estado español, estoy completamente de acuerdo. Pero llevo el plurinacionalismo un poco más lejos, porque no lo concibo sólo entre cada una de las nacionalidades históricas y el Gobierno central, sino dentro de cada una de ellas. Ser plurinacionalista no es sólo querer la pluralidad nacional en España sino también en Euskalherria o en Catalunya. Quienes se contentan con menos y entienden la construcción política nacional como imposición de valores homogéneos en su territorio de pertenencia -aunque reclamen la pluralidad nacional para el Estado- no son plurinacionalistas sino nacionalistas a secas, siéntanse ante todo españoles, vascos o catalanes. A fin de cuentas, los nacionalistas -incluso los más pacíficos- ven a la humanidad formada por regimientos, cada uno con su uniforme y su pendón que no debe confundirse con el de los demás.
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