viernes, 13 de noviembre de 2015
martes, 10 de noviembre de 2015
domingo, 1 de noviembre de 2015
martes, 27 de octubre de 2015
viernes, 23 de octubre de 2015
jueves, 15 de octubre de 2015
martes, 6 de octubre de 2015
sábado, 3 de octubre de 2015
martes, 29 de septiembre de 2015
lunes, 25 de noviembre de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
Contra las patrias. (22)

Hubo cierta vez un país, llamado por unos "España" y por los técnico-cursis acomplejados "Estado español", que salió por fin de una vieja dictadura y soñó con hacer política en libertad. Pero todo quedó reducido al simple y mísero triángulo persecutorio. Aquí no hay más remedio que ser demócrata, golpista o terrorista. Pero lo malo no es este abreviamiento escandaloso de las posibilidades de opción, sino el que cada uno de esos tres papeles no tenga otro contenido que su exclusión de los otros dos. Así, por ejemplo, ser demócrata viene a consistir exclusivamente en no ser golpista ni terrorista, y nada más. ¡Qué pobreza! Como es obvio, dado que cada uno de los tres modelos políticos subsiste gracias a los otros dos, todos se repudian estentóreamente en público y se reclaman con complicidad inconfesable en privado. Por lo demás, su tarea estriba tan sólo en hostigarse. El terrorista azuza al demócrata para que ésie libere al golpista que lleva dentro, el golpista le zurra al demócrata porque le supone culpable de las fechorías del terrorista y el demócrata persigue al terrorista, mientras deseperadamente le hace señas disimuladas y le susurra, señalando con discreción al golpista: "¡Quieto, so bruto, que nos están mirando!".
Contra las patrias. (21)
Las autonomías han sido una fórmula política que se propuso en primer lugar dos objetivos y luego asumió un tercero, difíclmente compatible con los anteriores. Por un lado, la articulación autonómica pretendió reparar el abuso histórico que se había hecho contra la lengua y la identidad de países tan caracterizados tradicionalmente como Vascongadas o Catalunya, y también engarzar el autogobierno de estas áreas de manera positiva en el conjunto de la política nacional; pero también se quiso después contrarrestar esta particularidad ominosa entendiendo la conciencia nacionalista allí donde jamás había habido otra identidad nacional que la española y limitar por medio de una proliferación salvaje de las autonomías el alcance o la relevancia efectivas de ninguna de ellas. Que el invento salió mal, a la vista está. La querella antiespañolista sigue presente como antes en Euskadi o Catalunya, aunque desde luego con muy diversa agresividad de perfiles; pero, además, ahora hay parvenus al nacionalismo que atribuyen a incomprensibles patriotismos mancillados los agravios comparatvos de la Administración central y se comportan miméticamente como aquellos hombres-oso o mujeres-cebra embarazosamente mestizos de "La isla del Doctor Moreau" de H.G. Wells.
Contra las patrias (20)

Deploro el nacionalismo como una de las peores enfermedades políticas de nuestro siglo, sin cuya curación o alivio es difícil imaginar cualquier profundización del proceso democrático. Admito -como todo el mundo, por lo visto- el derecho a la autodeterminación de los pueblos, pero tengo mis reservas en cuanto a lo inequívoco de las palabras "derecho", "autodeterminación" y "pueblo". Por otro lado, creo que no es necesario compartir la pasión nacionalista para apoyar el derecho a su más libre expresión, lo mismo que no es preciso ser creyente para reivindicar la libertad religiosa. En el caso concreto de España, prefiero un sistema democrático, con libertades garantizadas y aspiración efectiva a la justicia social, sea cual fuera su simbología nacional o la articulación de sus partes, que cualquier concepto místico de la nación que me pueda obligar a vivir en una sucursal de Chile o de Albania. El fenómeno nacionalista sólo me preocupa en cuanto pueda facilitar o impedir la efectiva libertad política del Estado en que vivo y nada más que por eso.
miércoles, 17 de abril de 2013
Nada por la patria. (15)
No se olvide que en aquel momento, con la excepción parcial y vacilante del PP, la fórmula nacionalismo catalán engloba todo el arco parlamentario de Cataluña. Convergència se define como nacionalista y Unió o Esquerra Republicana de Catalunya por supuesto tanto o más, pero es que el PSUC (subsumido ya en una denominación tan desprovista de significado como Iniciativa per Catalunya) e incluso el PSC (PSC-PSOE) -esta es su risible ristra de siglas- también se declaran nacionalistas. Sin vacilaciones. Con convencimiento, y que Ángel González sepa perdonar un uso tan vil de su bella palabra. El nacionalismo no se cuestiona. Es un asunto de fe, como que Dios es Cristo o que su madre era virgen. En las cúpulas de los partidos, recuérdese: por algo sus dirigentes, en la derecha como en la izquierda, provienen casi todos de buenas familias nacionalcatólicas de siempre (del nacionalcatolicismo catalán, of course, que en todas partes cuecen habas). Otra cosa son las bases, sobre todo las del PSC, donde se va incubando una rabia áspera e impotente: ellos, los castellanos pobres, son más, pero los que mandan en el partido son los catalanes ricos, y los catalanes ricos dicen que el nacionalismo es sagrado y punto.
No se olvide tampoco que en 1992, desaparecido el casi testimonial Diari de Barcelona, cuando se dice medios se está diciendo prácticamente todos los medios: todas las cadenas de televisión públicas y privadas -la TV3 del pujolismo, sí, pero también la TVE Cataluña del felipismo-; todos los diarios desde AVUI hasta La Vanguardia pasando por El País, El Periódico y la prensa comarcal en bloque; todas las emisoras de radio, incluida y acaso sobre todo la Ràdio 4 controlada por el gobierno socialista. Una excepción: la COPE de los obispos, y quien sepa atar esta mosca por el rabo que se trague la hostia consagrada sin hincarle el diente.
No se olvide tampoco que en 1992, desaparecido el casi testimonial Diari de Barcelona, cuando se dice medios se está diciendo prácticamente todos los medios: todas las cadenas de televisión públicas y privadas -la TV3 del pujolismo, sí, pero también la TVE Cataluña del felipismo-; todos los diarios desde AVUI hasta La Vanguardia pasando por El País, El Periódico y la prensa comarcal en bloque; todas las emisoras de radio, incluida y acaso sobre todo la Ràdio 4 controlada por el gobierno socialista. Una excepción: la COPE de los obispos, y quien sepa atar esta mosca por el rabo que se trague la hostia consagrada sin hincarle el diente.
Nada por la patria. (14)
Para que lo entiendan los americanos, que son los que conviene que entiendan las cosas. Castellanohablante es a castellano lo que afroamericano es a negro. Y un castellano, con o sin su fijación eufemística, viene a ser en Cataluña lo que un negro en Alabama. o, para buscar el parangón en la propia sociolingüística y con el mismo idioma como protagonista, un castellano en Barcelona viene a ser lo que un hispano en Nueva York.
Nada por la patria. (13)

Los enseñantes y los periodistas saben que algunos entre los más osados ya se han ido, han sido tiroteados o morirán pronto arrinconados en un asilo para viejos locos enfermos. Saben que muchos están abjurando y que casi todos se resignan a un futuro de jaulas pequeñitas, pintorescas, dentro de la gran jaula asimilacionista poblada por el pensamiento único y monolingüe a efectos emblemáticos.
Los periodistas y los enseñantes saben todo eso y más. Saben que Cataluña no es ya que sea un oasis sino que es un mundo feliz huxlesiano, el Seahaven de Truman, una Pleasantville que ellos están edificando desde aquel 1984 de Orwell y aun antes. Lo saben pero, claro está, callan. ¿Cómo va a decir el mayordomo que su amo es el asesino? Se ha dicho y se seguirá diciendo, en un intento acaso desesperado de aplicar al texto impreso la técnica audiovisual de la redundancia: el espectador no es un escuchante sino un oyente, provisto por lo general del mando a distancia que le pemite, sin moverse de su butaca, zapear. Al lector le basta con las manos desnudas, que tienen más poder sobre un libro que el mando a distancia sobre una pantalla: releer, volver atrás, subrayar, saltarse páginas, tirarlo al fuego como Carvalho.
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